Ejecutivos de la industria petrolera, sus acólitos y sus facilitadores en el gobierno nos dijeron que la perforación en aguas profundas en el Golfo de México no ocasionaría una catástrofe como la que hemos estado observando con un agudo y doloroso sentido de impotencia durante los últimos tres meses. Los avances tecnológicos, aseguraron, mantendrían a raya los peores escenarios. Sistemas a prueba de fallas, como el que previene una explosión a una milla de profundidad en el sitio del pozo del Deepwater Horizon, mantendrían segura la vida silvestre y el ambiente.
Los estadounidenses no son particularmente buenos para aprender incluso las lecciones más dolorosas. La negación es nuestra actitud automática. Pero, cuando menos, esta última tragedia en el Golfo de México debería impulsarnos a evaluar con mucha mayor intensidad los sistemas que necesitamos a fin de prevenir un catastrófico accidente en una planta de energía nuclear, y para responder a un evento de esta naturaleza si llegara a ocurrir.
Justo ahora, no estamos preparados.
Las plantas nucleares son el nuevo producto en boga. La administración Obama está ofreciendo garantías de préstamos federales para fomentar la construcción de un puñado de nuevas plantas en Estados Unidos, las primeras en décadas. Para que no lo superen, al senador Lamar Alexander de Tennessee, vehemente promotor de la energía nuclear, le gustaría ver la construcción de 100 nuevas plantas en los próximos 20 años.
No hay forma de exagerar el grado de cautela que necesitamos para proceder por este traicionero camino. La construcción de plantas de energía nuclear es pasmosamente cara, razón por la cual se necesitan los recursos del contribuyente fiscal para darle un buen impulso al proceso. Sin embargo, los temas de mayor prominencia que deben preocuparnos, particularmente en vista de nuestra horrenda experiencia con el derrame petrolero en el golfo y por tanto tiempo, son seguridad y certeza.
Tenemos que preocuparnos por la posibilidad sumamente real del potencial para una situación peor estallando en una de las muchas y viejas plantas nucleares que ya están en operación (en algunos casos, con historiales de seguridad que provocarían escalofríos en la mayoría de la gente), y en cualquiera de las nuevas plantas que tanta gente está pidiendo.
El problema es que, si bien los accidentes más terribles son muy inusuales, afortunadamente, cuando efectivamente ocurren, las consecuencias son horrendas, como hemos visto en el Golfo de México. Con las plantas nucleares, lo peor que podría pasar es demasiado horrendo para que la mayoría de la gente siquiera lo desee imaginar. La negación sienta sus reales entre legisladores y la opinión pública por igual. Un incidente cercano al peor accidente que potencialmente pudiera ocurrir en una planta nuclear, particularmente una que esté localizada en un área densamente poblada, haría parecer un día de campo al desastre del Deepwater Horizon.
“Estamos sumamente atrasados con respecto al arduo trabajo en la prevención de accidentes y la respuesta a estas catástrofes cuando efectivamente ocurren”, comentó el Dr. Irwin Redlener, director del Centro Nacional de Alerta de Desastres en la Facultad Mailman de Salud Pública de la Universidad de Columbia. Con la perforación en aguas profundas en busca de petróleo, permitimos que los avances tecnológicos condujeran el proceso a un paso que era inseguro, y terminamos realmente quemados. El potencial de una catástrofe nuclear es un gran desastre en el horizonte”.
Ya existen abundantes problemas con respecto al ámbito de la energía nuclear, pero no captan mucha atención de los medios de comunicación masiva. David Lochbaum, el director del Proyecto de Seguridad Nuclear por la Unión de Científicos Preocupados, me dijo recientemente que se han dado 47 casos desde 1979 en los cuales reactores nucleares en Estados Unidos han tenido que ser cerrados por más de un año por razones de seguridad.
“Estimamos, en dólares de 2005, que el precio promedio de estos apagones fue entre 1,500 y 2,000 millones de dólares”, dijo Lochbaum.
Gente de cierta edad recordará el aterrador accidente de 1979 en la planta nuclear de Three Mile Island en Pensilvania, derretimiento parcial que estuvo peligrosamente cerca de llegar al peor escenario posible. En las palabras de Lochbaum, “En apenas dos horas, las condiciones en la planta hicieron que pasara de ser un activo de miles de millones de dólares a una responsabilidad multimillonaria. Costó más la limpieza que su construcción”.
Otro aterrador accidente ocurrió en 2002 en la planta Davis-Besse de Oak Harbor, Ohio. Una fuga oculta ocasionó corrosión, lo cual provocó algo cercano a una catástrofe. Para cuando el problema se resolvió, apenas una delgada capa de acero inoxidable quedó para contener el desastre.
Abundan los problemas potenciales con la energía nuclear. Nadie sabe qué hacer con el peligroso residuo nuclear que se está acumulando en las plantas. Y nadie quiere tener una conversación larga en cortés compañía sobre la amenaza de terroristas que podría sembrar todo tipo de destrucción con un ataque en contra de una planta.
Para mucha gente sumamente seria, nuestra dependencia excesiva en el petróleo exterior y el potencial de funestas consecuencias del calentamiento mundial le imprime fuerza al argumento a favor de dirigirnos más hacia la energía nuclear. Sin embargo, si lo anterior se hace sin muchas más serias consideraciones a cuestiones de seguridad y rigurosa vigilancia, es una medida que indudablemente llegaremos a lamentar.
Por Bob Herbert
The New York Times/Siglo21








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