Selvin Arévalo es un joven guatemalteco de 24 años que ha sido modelo en Portland, Maine. Un excelente estudiante con grandes sueños y esperanzas de hacerlos realidad.
Este hombre llegó a Estados Unidos cuando apenas tenía 14 años y por el simple hecho de no tener documentos que avalen su presencia en esta nación se encuentra encerrado en una prisión de Boston a la espera de ser deportado.
La causa por la que Arévalo se vio frente a las autoridades, fue un accidente de tránsito sin importancia, pero suficiente para que su situación legal en el país quedara en evidencia.
Lo primero que hay que dejar establecido, además de demandar una revisión de la situación de este joven, es que no es un delincuente. Que llegó a Estados Unidos huyendo de la violencia y precariedades económicas en las que estaba viviendo en su país. Un panorama nada prometedor para un joven preñado de sueños, con deseo de darle un giro al nebuloso futuro poco prometedor que le esperaba en su pequeña comunidad de Santa Cruz El Chol en el Departamento de Baja Verapaz, en Guatemala.
Selvin Arévalo, por lo que cuentan sus amigos, familiares y la Iglesia Pentecostal Sinaí de Portland a la que pertenece, no es un delincuente. Es un modelo en la comunidad que siente como la suya, donde nació.
Arévalo es lo que puede decirse una contundente negación a la mentira a que nos tienen acostumbrados las autoridades de inmigración, cuando torpemente tratan de justificar las cada vez más sostenidas redadas y deportaciones.
Se ha usado como cierta la mentira de que esas redadas y deportaciones tienen más que nada relación con el arresto de alegados delincuentes que tienen deudas pendientes con las autoridades o que han cometido violaciones en el pasado. ¡Ah bueno! Y si es así, ¿cómo se explica que Arévalo, con todos los testimonios a su favor de lo que ha sido su presencia en este país, con una conducta impecable, se encuentre hoy en la interminable fila del pasillo de la deportación?
Si un solo delito agravado, que no sea un simple accidente de tránsito, Arévalo, al igual que miles de estudiantes extranjeros en Estados Unidos, enfrenta la deportación a su país de origen y en tanto, permanece encerrado en una cárcel de inmigración en Boston.
Esa vida de transparencia que ha llevado Arévalo durante los 10 años vividos en este país, es lo que ha hecho que la Iglesia Pentecostal Sinaí de Portland, donde fungió como sub tesorero, y otras organizaciones y grupos defensores de los inmigrantes, a los que nos unimos como medio de comunicación, reclamemos la intervención de autoridades competentes para que frenen su deportación.
Es válida la petición que reclama la intervención de las senadoras republicanas por el Estado de Maine, Susan Collins y Olympia Snowe, a fin de que no se echen por la borda los sueños de este joven estudiante que fue arrestado, sólo un mes antes de graduarse de la escuela secundaria.
Incluso se sabe que poco antes de ser apresado, Arévalo escribió una carta al presidente Barack Obama en la que señalaba tres razones por las que quiere regularizar su estatus migratorio: ir a la universidad a estudiar computación, ser miembro de una iglesia en su comunidad en la que tiene un papel importante y la tercera, que quería ir a ver a sus padres de forma legal y poder regresar.
¿Dónde está el delito cometido por este joven altruista? ¿Cuál es la razonable explicación que pueden dar las autoridades para justificar su deportación sin caer en la falaz mentira de que su política está dirigida a perseguir delincuentes?
Nosotros aguardamos la esperanza de que a fin de mes, cuando Arévalo deberá ver a un juez, por lo menos la presión de los grupos defensores de los inmigrantes y demás voces que se levanten en el camino, pueda frenar la deportación de este joven prometedor.









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