Hace 10,000 años, la gente en el sur de China empezó a cultivar arroz y rápidamente hizo un descubrimiento demasiado tentador: el cereal podía fermentarse y convertirse en licores alcohólicos. La ebriedad y el alboroto deben haber empezado a presentar una seria amenaza a la supervivencia porque un gen variante que protege en contra del alcohol se volvió casi universal entre los chinos del sur y se extendió a lo largo del resto de China en las consecuencias del cultivo de arroz.
El gen variante degrada rápidamente el alcohol hasta un químico que no es intoxicante pero hace que la gente se sonroje, dejando a muchas personas de ascendencia asiática un legado de sonrojarse cuando beben alcohol.
La proliferación del nuevo gen, descrito en enero por la Academia de Ciencias Bing Su de China, es apenas un ejemplo de la reciente evolución humana y, en particular, de una población que cambia genéticamente en respuesta a condiciones locales.
Científicos del Instituto de Genómica en Beijing descubrieron el mes pasado otro asombroso ejemplo de cambio genético en humanos. Entre tibetanos, encontraron una serie de genes que evolucionaron para manejar los bajos niveles de oxígeno apenas hace 3,000 años. Esto, de confirmarse, sería el ejemplo más reciente que se conozca de evolución humana.
Muchos han asumido que los seres humanos dejaron de evolucionar en el pasado distante, quizá cuando la gente aprendió por primera vez a protegerse del frío, el hambre y otros severos agentes de la selección natural. Pero en los últimos años, biólogos que atisban a secuencias del genoma humano, actualmente disponibles de todas partes del mundo, han encontrado evidencia cada vez mayor de la selección natural en marcha en los últimos miles de años, llevando a muchos a dar por hecho que la evolución humana sigue en progreso.
“Yo no creo que exista una sola razón para suponer que el paso ha disminuido o es menor”, dice Mark Stoneking, genetista poblacional en el Instituto Max Planck de Antropología Evolutiva en Leipzig, Alemania.
Ha ocurrido tanta selección natural en el pasado reciente que los genetistas han empezado a buscar nuevas formas en las cuales la evolución podría ocurrir muy rápidamente. Buena parte de la evidencia de evolución reciente ha surgido de métodos que permiten una evaluación de la fuerza de la selección natural a lo largo de todo el genoma humano. Esto se ha vuelto posible a través datos del ADN derivados mayormente del Mapa Hap, proyecto gubernamental enfocado a descubrir las raíces genéticas de enfermedades complejas. El Mapa Hap contiene muestras de 11 poblaciones alrededor del mundo y consiste de lecturas del ADN en sitios específicos a lo largo del genoma, donde las variaciones son comunes.
Una de las firmas de la selección natural es que perturba el crecimiento secundario de mutaciones que se acumulan constantemente a lo largo del genoma. A medida que una versión favorecida de un gen se vuelve más común en una población, los genomas se parecerán cada vez más dentro y alrededor del gen. Debido a que se descarta la variación, el ascenso en popularidad del gen favorecido se conoce como un barrido. Los genetistas han desarrollado varios métodos estadísticos para detectar barridos, y por ende de la selección natural en acción.
La mayor parte de la variación en el genoma humano
es neutral, lo cual significa que surgió no por selección natural sino mediante procesos como mutaciones inofensivas y el acomodo al azar del genoma entre generaciones.
Sin embargo, la nueva evidencia en el sentido que los humanos se han adaptado rápida y extensamente sugiere que la selección natural debe tener otras opciones para modificar una característica aparte de esperar a que se presente la mutación correcta. En un artículo publicado en la edición de febrero de Biología Actual, Jonathan Pritchard, genetista poblacional en la Universidad de Chicago, sugirió que mucha de la selección natural pudiera ocurrir a través de lo que denomina como barridos suaves.
Los barridos suaves funcionan sobre características que son afectadas por muchos genes, como la estatura. Supongamos que hay cien genes que afectan la estatura (ya se conocen aproximadamente 50, y aún hay muchos más por encontrar). Cada gen existe en una versión que acrecienta la altura y en una que no lo hace. La persona promedio pudiera heredar la versión que incrementa la altura de 50 de estos genes, digamos, y ser de estatura promedio como resultado.
Por Nicholas Wade
The New York Times*/Siglo21
* Del Science Times
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